Parque Nacional de las Torres del Paine

 

Todo el mundo en Puerto Natales nos había dicho que estaríamos locos si no aprovechábamos para visitar el parque nacional con el buen tiempo que estaba previsto para los próximos tres días, porque era algo completamente inusual en esa zona. Tres días de sol, sin lluvia y, sobre todo, sin viento no era una oportunidad que estábamos dispuestos a desperdiciar. Así fue cómo se impuso la opción de trekking de cuatro/cinco días a la opción de visita del parque en autobús durante un día.

Por la mañana, al montar en el autobús, vimos que estaban allí Sandrine, Cyrille y Pascal, del Navimag. Al vernos, todos nos echamos a reír 🙂 Al terminar la travesía habíamos estado hablando, pero nadie tenía claro si íbamos a hacer el trekking o no, y ¡allí estábamos todos! Ellos habían previsto hacer el recorrido al revés de lo que habíamos pensado nosotros, pero como realmente nos daba igual, decidimos unirnos a su plan.

El autobús tardó dos horas en llegar desde Puerto Natales hasta la entrada del parque. El paisaje era espectacular y lo que más me llamó la atención fueron las praderas cubiertas con un manto de florecillas rosas. Había animalitos por todas partes y pájaros también.

Llegamos a la entrada del parque y pagamos nuestro ticket, los guardas forestales nos dieron algunas consignas de seguridad y enumeraron las prohibiciones en el parque. Parece ser que se toman muy en serio las prohibiciones porque en caso de saltarse una norma, la consecuencia es la expulsión directa del parque.

Pudimos acercarnos a un mirador y ver la dos Torres majestuosas, libres de toda nube. Aprovechamos para sacarnos algunas fotos y después montamos en el autobús que nos llevaría al lago Penhoe a coger un catamarán. En una de las curvas del camino aparecieron dos huanacos, salidos de la nada, peleándose y mordiéndose. Nuestro conductor tuvo que dar un frenazo e impactó a uno de los huanacos, pero ellos siguieron peleándose como si nada. ¡Esto es vida salvaje en vivo y en directo y no los reportajes de la 2!

El catamarán navegó por todo el lago Penhone hasta llegar al campamento Penhoe. El azul del lago era espectacular y desde la cubierta podíamos ver las cumbres nevadas y los cuernos. Todo el mundo estaba como locos haciendo fotos.

Llegamos al campamento Penhoe y empezamos a caminar. Habíamos previsto llegar hasta el campamento Guarda y teníamos por delante unos quince kilómetros. La pendiente era suave y no hacía demasiado calor. Además había muchos riachuelos en los que refrescarse o beber agua. Hicimos la primera parada en el Lago de los Patos y luego seguimos caminando. Pascal y Cyrille nos llevaban la delantera y realmente estaban en forma. Fred, Sandrine y yo íbamos en el pelotón de cola más despacio tomando fotos. La segunda parada fue en el mirador del lago Grey, desde donde se podía ver ya el glaciar. Era como un mar de hielo, kilómetros y kilómetros de hielo en bloque, con una gama de blancos y azules impresionantes.

Llegamos al campamento Grey y cuándo nos disponíamos a seguir nuestro camino hasta el campamento de Guardas, un empleado del camping nos dijo que el campamento estaba cerrado. Nos dijo que mejor no nos molestásemos en subir, porque si un guarda nos encontraba allí, nos mandaría de inmediato hacia el campamento Grey. Nos quedamos un poco asombrados, porque en la entrada del parque no habíamos visto ningún cartel y ningún guardaparques nos había comentado nada. Desconfiados, le preguntamos que si había algún cartel y nos dijo que en la siguiente intersección lo encontraríamos. Y así fue, pero era un cartel sin ningún logotipo oficial del parque, por lo que empezamos a sospechar que a lo mejor lo habían puesto los del campamento de Grey para atrapar a más turistas y hacerlos pagar. Sopesamos nuestras opciones:

1.- Pasar del empleado del campamento y seguir nuestro camino, aún a sabiendas que a lo mejor caminaríamos durante dos horas más para nada

2.- Quedarnos en el campamento Grey y pagar la noche de camping, cosa que nos parecía abusiva porque la noche por poner una tienda costaba más que un hostal

3.- Intentar contactar con un guardaparques in situ o por teléfono y ver qué nos decía

Nos dimos la vuelta y le preguntamos al empleado del campamento si había algún punto de información del parque en los alrededores y nos indicó el camino para llegar hasta el refugio de los guardaparques.

Llegamos hasta allí y nos recibió un guardaparques muy joven. Le contamos lo que nos había dicho el empleado del campamento Grey y nos dijo que efectivamente habían cerrado el campamento de Guarda hacía unas horas porque un árbol se había caído encima del refugio. Le estuve contando que teníamos intención de dormir allí, ya que era gratuito, y que no nos venía muy bien pagar el campamento Grey. Le pregunté que si nos podía dar una solución, ya que no queríamos hacer nada ilegal y como le vi un poco agobiado, le dije que lo podía consultar con su superior o compañeros si quería. Me dijo que si esperábamos una media hora, su compañero volvería del campamento de Guarda y que nos daría una actualización sobre el estado del mismo, para ver si realmente podíamos dormir allí.

Su compañero volvió en seguida y nos dijo que el refugio estaba en muy mal estado, así que dormir allí no era una opción. Estuve hablando con ellos y les dije que estábamos todos muy ilusionados con la visita al parque, pero que al ser tan caro, habíamos decidido hacerlo en plan austero, caminando y cargando más y acampando sólo en campamentos gratuitos. Les conté que todos íbamos a viajar durante mucho tiempo, por lo que cada euro contaba, y que si nos podían dar una solución, pero que en cualquier caso, si no podían, pues que acamparíamos en el campamento de Grey. Ambos guardas se miraron y nos dijeron que excepcionalmente podíamos acampar al lado de su refugio, con tal de que hubiésemos desalojado antes de las nueve de la mañana, porque era la hora a la que pasaba el barco por el lago y alguien podría vernos. Les prometimos que nos levantaríamos muy pronto y que no montaríamos escándalo, así que fuimos a recoger nuestras cosas. Cuando volvimos, nos dijeron que habían pensado en una solución mejor: tenían camas de sobra en su refugio y podíamos dormir allí.¡ Menudo lujo! Mucho mejor que dormir en el suelo con una esterilla y además con baño. Les dimos las gracias mil veces y después de dejar nuestras mochilas nos fuimos todos al mirador del glaciar.

Bloques de hielo enormes se paseaban por el lago y el silencio era absoluto, porque éramos los únicos en estar allí. Paseamos por la orilla del lago, escalamos alguna que otra piedra y, de pronto, un ruido ensordecedor nos dejó paralizados a todos: ¡un trozo enorme de hielo acababa de caer de un iceberg! La verdad es que el sonido del hielo quebrándose es indescriptible y todos teníamos los pelos como escarpias. Fred, que estaba cerca de la orilla, empezó a escalar la ladera rápidamente, porque se acordó del vídeo en el que la onda expansiva de un trozo de hielo casi hace volcar un barco. No le apetecía mucho mojarse con lo fresquita que estaba el agua…. 🙂

Nos fuimos a la cabaña de los guardabosques y empezamos a preparar la cena todos juntos con nuestros hornillos de camping. Nos dio mucha pena no tener muchos ingredientes para que Pascal les hubiera preparado una cena digna de un chef, y así poder agradecerles su detalle. Estuvimos charlando hasta casi entrada la noche y nos contaron muchas cosas. Por supuesto, me tocó hacer un poco de intérprete porque todos eran franceses menos yo, aunque todos chapurreaban algo de español.

Nos contaron que para ser guardaparques sólo se necesitaba tener vocación. Es una vida muy aislada y sólo tienen por compañía una radio y a otro compañero, por lo que es bastante sacrificado. Estos dos guardaparques nos contaron que tenían relativa suerte con su emplazamiento, ya que estaban al lado del lago y podían transportar su comida y carburante mediante barco, pero que había refugios en los que había que subir la comida a pie, caminando durante horas. Nos contaron también que hacían turnos de un mes y luego tenían diez días de vacaciones. A pesar del sacrificio de no poder llevar una vida “normal”, se veía en su mirada un brillo como el de alguien que está enamorado cuando hablaban del parque :).

Entre otras cosas les preguntamos que si había gente que escalaban las Torres. A nosotros nos parecía una locura, porque eran 3400 metros y completamente en vertical. Nos contestaron que sí, que era una ascensión de un día y medio y que había que dormir colgado con todo el material. El mayor problema para conseguirlo eran las condiciones climatológicas, porque era muy difícil encontrar una ventana de día y medio con buen tiempo, o mejor dicho, sin viento. Allí arriba las ráfagas podían alcanzar velocidades de 200 km/hora, por lo que era bastante peligroso estar colgado de una cuerda en esas condiciones. Nos contaron que una pareja de escaladores habían acampado en las cuevas que hay en la base de las Torres durante un mes y medio, esperando las condiciones perfectas, pero que habían tenido que marcharse sin poder escalarlas.

A la mañana siguiente nos levantamos muy pronto, para que nadie nos viera salir de allí, y les dejamos una nota de agradecimiento. Fred también les fregó los platos de la noche anterior como “regalo” de despedida.

Ese día dejamos atrás el glaciar Grey, yo con bastante pena, e hicimos el mismo camino que habíamos recorrido el día anterior. Seguimos el sendero e hicimos una parada para comer en el campamento Penhoe. Pascal, Cyrille y Sandrine habían seguido con su marcha a ritmo infernal y Fred y yo íbamos más lentos. Comimos todos juntos y Pascal tomó la delantera. Poco después, Sandrine y Cyrille se pusieron en marcha y nosotros decidimos quedarnos un poco más.

Como un cuarto de hora después de haber dejado atrás el campamento Penhoe, escuchamos un grito. Bueno, yo escuché un grito, pero Fred pensó que era un animal. Giramos la curva que trazaba el sendero y allí nos encontramos a Sandrine gritando, llena de sangre y maldiciendo a más no poder. Había tropezado con una piedra y su cuerpo había cedido al peso de la mochila, haciendo que se cayera. Se había arañado en el brazo de forma superficial, pero se había hecho un corte bastante profundo en la rodilla. Sacamos el botiquín y limpiamos la herida, pero la cosa pintaba mal con el corte de la rodilla. Estaba en muy mal sitio y la carne estaba bastante separada. Ninguno teníamos las tiritas que son puntos de aproximación y seguir andando con la rodilla así de abierta no era una opción. Sandrine y Cyrille no tuvieron más remedio que dar media vuelta hacia el campamento Penhoe, rezando para encontrar un guardaparques que supiera dar puntos. Si no lo encontraban, se tendrían que volver a Puerto Natales en el barco de la tarde.

El camino entre el campamento Penhoe y el campamento Italiano es impresionante y terrorífico al mismo tiempo. A principos de año, un visitante del parque había provocado un fuego al quemar papel higiénico. El fuego se había extendido rápidamente y no fue posible controlarlo debido a las fuertes ráfagas de viento. Los guardaparques de la noche anterior nos habían contado que el parque había ardido durante casi un mes, sin que las brigadas de incendio pudieran hacer nada por apagarlo por culpa del viento. El fuego se extinguió solo, gracias a la lluvia, pero hectáreas y hectáreas de bosque habían quedado calcinadas. Un sentimiento de pena e impotencia me invadía al caminar entre bosques quemados. Pensaba en las veces que había escuchado en los telediarios que X hectáreas de bosque se habían quemado, pero ninguna imagen televisiva podía compararse a la desolación que estaban viendo mis ojos.

Seguimos nuestro camino y llegamos al campamento Italiano. No vimos a Pascal por ningún lado, por lo que supusimos que había continuado por el valle francés. Instalamos nuestra tienda y nos relajamos un poco quitándonos nuestras zapatillas. Mis pies volvían a las andadas y ya tenía dos hermosas ampollas después de dos días de caminata.Es lo que tiene caminar por caminos de gravilla.

Lo más impresionante de este campamento era que estaba cerca de un río y en la margen opuesta a una enorme montaña completamente nevada. Cuando llegamos al campamento escuchamos algo que nos pareció tormenta, pero en realidad eran avalanchas en la montaña de al lado.

Esa noche, Sandrine y Cyrille llegaron al campamento Italiano. Se habían encontrado con un bombero francés y este había limpiado la herida de Sandrine y le había puesto puntos de aproximación. Un poco más tarde llegó Pascal, contento después de haber recorrido el valle francés. Ese día Pascal había hecho unos 25 kilómetros y estaba cansado, pero feliz, porque el valle le había parecido impresionante.

Mientras cenábamos conocimos a Alejandro, un chico madrileño que andaba también de mochilero. Él nos llevaba ventaja, porque hacía ya ocho meses que su periplo había empezado. Nos contó que había trabajado en muchos sitios como cooperante, entre otros Senegal, y que su lema era que “la ayuda humanitaria empieza por uno mismo”, así que había decidido irse de viaje. La ventaja es que también hablaba francés, porque estudio en un liceo, así que se unió al grupo sin ningún problema.

Por la mañana nos levantamos pronto y desayunamos rapidito para empezar la caminata por el valle francés. Fred y yo salimos antes, Sandrine se quedó en el campamento reposando su rodilla, Alejandro y Cyrille salieron un poco después que nosotros y Pascal continuó hasta el campamento Las Torres.

Alejandro y Cyrille nos atraparon por camino, ¡ays cuidado somos lentos! En unos de los paisajes Alejandro nos pidió que le hiciéramos una foto con una zapatilla de deporte. ¿¿¿Pero qué era este delirio?!! Nos contó que desde pequeño siempre se había hecho fotos con una zapatilla de la marca Le Coq Sportif, y de ahí la tontería y el nombre su blog: deviajeconelgallo.blogspot.com.

Por el camino nos encontramos con una pareja de americanos de lo más simpática y compartimos algunos frutos secos. Llegamos con ellos al mirador británico y no nos quedó más remedio que contener el aliento debido al espectáculo que teníamos delante de nosotros: 360º de picos majestuosos y nevados, cuernos, como lo llaman los chilenos.

Nos quedamos un rato allí y luego empezamos el descenso. Permanecimos también un buen rato mirando las avalanchas que se producían en la montaña de en frente y ¡menudo espectáculo! La nieve bajaba a toda velocidad produciendo cortinas blancas en la piedra negra.

Esa noche hizo más frío que otras y no dormí muy bien, aunque estaba muy cansada. Por la mañana, Sandrine parecía más animada, pero dado el estado de su rodilla, era imposible para ella seguir hacia el campamento Torres. Nos despedimos de Cyrille, Sandrine y Alejandro, cuyo recorrido era inverso al nuestro, y empezamos a caminar hacia el campamento base de Las Torres del Paine.

El día había salido lluvioso, las ampollas me estaban matando y el suelo irregular no ayudaba mucho a apaciguar mi dolor. La noche anterior no había dormido bien y tenía cansancio acumulado de tres días de caminata y muchos kilómetros. ¿Tiraba la toalla o seguía hasta las Torres del Paine? La lluvia me ayudó en mi decisión: de ligero chirimiri pasó a una lluvia más fuerte, así que me iba a casa. Fred no opuso demasiada resistencia 🙂 y nos fuimos hasta la hostería las Torres para tomar el autobús que nos llevaría de vuelta a Puerto Natales.

En su momento no me arrepentí de la decisión tomada, ya que había visto las Torres completamente despejadas el primer día, aunque de lejos. Sabía que con la lluvia y con nubes, las probabilidades de ver sólo media Torre era elevada, así que el esfuerzo no merecía la recompensa.

Volvimos a Puerto Natales, al mismo hostal, misma habitación compartida y con cansancio infinito. Lo “divertido” es que esa noche casi no pudimos pegar ojo porque ¡nos tocó con una pareja haciendo cositas íntimas habitación! ¿Tan caro es pagar unos pesos más por tener un poco de privacidad y que los demás puedan dormir tranquilos? ¡Buscaos un hotel! ¡Ah, no! que ya estaban un un hotel….

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