Voluntariado en Indonesia : International Humanity Foundation

Llegamos a Indonesia un día tal como el 27 de Febrero. El contraste fue brutal. Humedad ambiente infinita y un idioma completamente extraño para nuestros oídos. Desde nuestro inicio del viaje, era la primera vez que llegábamos a un país donde no conocíamos nada del idioma. A decir verdad, no sé yo si fue el primer país realmente, porque el inglés de Nueva Zelanda telita…

Teníamos en mente pasar un mes y medio en Indonesia, el primer mes en una ONG para enseñar inglés e informática a niños y luego otros quince días viajando por la isla de Bali, las islas Gilis y la isla de Java. Esto suponía tener que hacer una extensión del visado turista (de 50USD (38.50EUR)) que sólo duraba un mes y tener que pagar 600,000 IDR (0.05EUR) por persona a un agente de viajes para que nos lo prolongara. De todas formas, considerábamos que pasar un mes en la ONG era una buena opción, sobre todo para poder pasar algo de tiempo con los niños y llegar a conocerlos. Escogimos como ONG International Humanity Foundation (IHF), ya que un conocido mío había pasado algo de tiempo allí el año pasado y me había dicho que no estaba mal.

IHF se fundó hace veinte años por Carol Sasaki y tiene varios centros repartidos por Indonesia, Tailandia y Kenia. En algunos, la asociación actúa como centro de acogida para que los niños puedan asistir a la escuela pública ya que sus domicilios distan mucho de la escuela, en otros IHF actúa como orfanato y, en el caso de Bali, es un centro de día para suplir las carencias de la enseñanza pública. El centro de Bali es un poco especial, ya que es la antigua casa vacacional de Carol y su exmarido. Este centro está en Buitan, un pueblo que en realidad son dos calles, y cuyos habitantes son musulmanes e hindúes.

Antes de llegar a Bali estuvimos hablando con Julie, una de las co-directoras del centro, y convenimos que vendrían a buscarnos al aeropuerto directamente. El traslado desde Depasar a Buitan fue muy sencillo, ya que nos esperaban con un cartel con nuestros nombres y una furgo con aire acondicionado. Sin embargo, esa noche ya probamos la conducción balinesa y se me puso la carne de gallina. Digamos que conducen de una forma un poco “especial”, por decirlo suavemente. Invaden carriles contrarios cuando adelantan aún teniendo coches en frente, adelantan en curvas, motos conduciendo en paralelo, coches que aparcan sin avisar en mitad de la carretera… Fue una hora y media viaje y fue hora y media de estrés y tensión en el asiento trasero, pero llegamos vivos al menos.

Aunque llegamos de noche, lo poco que vimos del centro nos gustó. Había una casa principal rodeada de fuentes, jardines y una piscina, junto con un anexo donde había dos habitaciones para voluntarios. Aquí tengo que hacer un inciso y aclarar una cosa. Para poder dormir Fred y yo juntos, tuvimos que decir que estábamos casados. A la gente de IHF les da un poco igual este tema, pero las dos comunidades que rodean el centro no les da igual. De hecho, les parece mal que dos personas solteras de sexo opuesto compartan habitación y por lo tanto no quieren mandar a sus niños a sitios donde se actúa de forma inmoral. En definitiva, le dijimos a todo el mundo que estábamos “casados” y nos tuvimos que inventar algunos detalles sobre nuestro “enlace”.

A la mañana siguiente nos encontramos al resto de integrantes de la organización. Por un lado estaba Emelie, la segunda co-directora. Era de origen sueco y vivía en Bali desde hacía un año y medio. Hablaba muy bien indonesio y gracias a ella pudimos descubir muchos secretos de la cultura balinesa. Había otros cuatro voluntarios con nosotros: Yating, una chica china que se fue a los dos días de llegar nosotros y a quien casi no pudimos conocer, Felix, alemán que acababa de terminar sus estudios, Jaime, una americana que había estado durante un tiempo en Australia, y Shirlie, otra americana que se dedicaba a la danza. Por último, conocimos a los dos empleados del centro: Kadek, la cocinera, y Agus, el señor para todo.

El primer día Emelie nos explicó las reglas de nuevo. Reglas de sentido común para la convivencia en el centro, reglas de la organización de la ONG y reglas de convivencia con los niños y vecinos de los pueblos de al lado. Las reglas eran aceptables, como por ejemplo no llegar borracho al centro o fumar delante de los niños, pero había una regla en especial que me tocó un poco las narices y que llevaba un poco mal. Al estar al lado de un pueblo musulmán, teníamos que vestir de forma discreta, es decir, sin enseñar mucha carne porque allí una pierna no es sólo una pierna. Lo que más me fastidiaba del asunto es que teníamos una piscina en el centro y la playa al lado y si me quería bañar tenía que hacerlo vestida, ya que el bikini se considera como una prenda ultra-mega-sexy-de-la-muerte-dios-me-pille-confesado-si-veo-una-teta. Me fastidaba que hiciera un calor sofocante y tener que andar con estas tonterías que, además, eran un incordio porque cuando no era el pantalón que tiraba hacia el fondo, era la camiseta que se subía. Al final, con tanto incoveniente acabé por pasar de bañarme. Me parecía una injusticia porque los chicos podían bañarse como quisieran.

Volvamos a temas más alegres: los niños. IHF recibe a unos cien niños cada semana, quienes asisten al centro tres días. Dos días tienen clase de inglés y matemáticas y un tercero un curso de informática de usuario. Los niños van por la mañana al colegio público y por la tarde vienen a IHF. A partir de las 12 el centro empieza a llenarse de niños y, entonces, ya es imposible concentrarse en las tareas de trabajo online. Unos quieren que juegues con ellos, otros que los enseñes vídeos de dibujos animados en Youtube, otros quieren enseñarte las coreografía que han aprendido del último grupo de moda indonesio, etc, etc… Al principio, como no nos conocían, nos miraban un poco de soslayo y nos preguntaban tímidamente cómo nos llamabámos y de donde veníamos. Al final, cuando ya tenían mucha confianza con nosotros, sólo querían que los prestásemos atención. Yo creo que no estaban muy acostumbrados a jugar con adultos y era toda una novedad para ellos.

Vídeo de Mery y Melinda bailando Brand New Day de Cherry Bell (la coreografía original del grupo aqui)

Para las clases, Emelie nos asignó a Fred y a mí tres grupos:

  • La clase de los pequeñines. Eran siete niños y niñas entre cinco y seis años. Eran todos un encanto y les gustaba ir a clase, pero había que tenerlos entretenidos contínuamente. En cuanto te despitabas un momento empezaban a perder la concentración y montaban alboroto. Que si uno se subía a la mesa a ver qué hacía el otro, que si uno se iba al baño y otro a por agua, que si uno había quitado un lápiz a otro, etc, etc. El mejor método que encontramos para motivarlos fueron las pegatinas y los vídeos de Youtube. El primero que acabara de copiar las palabras de la pizarra ganaba una pegatina para su colección. Y los vídeos de Youtube para aprender vocabulario cantando hacían milagros 🙂

  • El segundo grupo era una clase bastante numerosa, unos veinticinco niños y niñas en total entre diez y once años. Este grupo también era bastante bueno, pero sucedía una cosa curiosa. Dentro de la clase había subgrupos: niñas hindúes, niños hindúes, niñas musulmanas y niños musulmanes. Ya nos habían advertido que las dos comunidades vecinas no interaccionaban entre ellas y que no se llevaba muy bien, pero nunca pensamos que esto fuera extensible a los niños. Una pena que no aprovechen esta oportunidad para integrar las dos culturas.

  • El tercer grupo era una clase de ocho niños y niñas entre nueve y diez años. Esta era la clase “chunga” del centro, de la que todos los voluntarios echaban pestes y de la que ya nos habían advertido las co-directoras. La actitud de esta clase era malísima: desinterés total, falta de motivación, falta de educación, falta de compañerismo, etc, etc. El problema es que había un grupito de cuatro niñas que tenían amedentrados al resto de compañeros y que los influían para mal.

Nuestra primera clase fue con el grupo de “los cabroncetes”, como yo los llamaba. El centro seguía un temario y nuestra misión era explicarles los pronombres posesivos en inglés. Fred, empezó a preparar la clase y tuvo la magnífica idea de utilizar Google Translator, pero ¡sorpesa! Google Translator nos decía que “Yo” era “Saya”, “Mi” se traducía como “Saya” y, por supuesto, “Mío” era “Saya” en indonesio. Digamos que el indonesio es un idioma al que le gusta simplificar, muy útil cuando lo estás aprendiendo, pero un horror cuando intentas explicar a niños conceptos que no existen en su propio idioma. La cosa iba a estar difícil y más explicar conceptos de gramática sin hablar su idioma. Dimos la clase lo mejor que pudimos y supimos y, al menos, tuvimos a Emelie como apoyo en el fondo de la clase. Lo peor de todo fue la actitud de los niños. No contestaban a nuestras preguntas, por lo que no sabíamos si no lo habían entendido o que pasaban de nosotros literalmente. Intentábamos hacer un ejercicio y se ponían a hablar entre ellos ignorándonos completamente. La líder de la banda me dijo en un inglés comprensible: “Seño, ¿cuándo te vas a casa? Cuando te vayas a casa yo me pondré contenta.”. ¡Hijos de la gran chingada! Fred y yo acabamos nuestra primera clase super desanimados, pero Emelie nos dijo que no nos preocupáramos, que sólo habían actuado así para ponernos a prueba. Que a la voluntaria anterior también le habían hecho la vida imposible, pero que al final habían reconocido que les gustaba.

Las siguientes clases también fueron un mano a mano con ellos. Intentamos por todos los medios motivarlos de distintas formas, incluso preparamos un juego tipo jungle-speed con los pronombres. Había dos equipos, un totem de madera en el medio y dos tacos de cartas. Cada jugador tenía que dar la vuelta a la carta y si su carta coincidía con un pronombre o adjetivo posesivo de la misma categoría que la de su adversario, el primero que cogiera el totem se llevaba un punto. Parece ser que el juego les gustó, pero no fue suficiente para que mostraran un poco de respeto por nosotros. Uno de los días, había examen, y como no les apetecía pensar se pusieron todos de acuerdo para rellenar todos los huecos del ejercicio con el mismo pronombre. Así contínuamente, hasta el día que me cansé. Los que me conoceis, sabeis que por las buenas soy muy buena, pero que por las malas nadie me gana. Uno de los días, llevabábamos media hora para hacer un ejercicio muy sencillo. Intentamos por todos los medios que participaran, que lo entedieran, pero nada parecía funcionar. Cansada de ellos, le dije a Fred: “Recoge todas las cosas que nos vamos de la clase”. Y así fue, nos marchamos sin decir nada a la zona común donde los voluntarios están normalmente. Le dijimos a la co-directora que habíamos abandonado la clase y esta nos dijo que nos habíamos pasado un poco, que teníamos que haberla avisado a ella para que hubiera puesto orden. Fred y yo le comentamos que no nos parecía bien, ya que los niños tenían que aprender a respetar a los voluntarios sin su intervención. Al cabo de diez minutos, se presentó en la sala la “líder de la banda” preguntando por qué nos habíamos ido. Le explicamos que como ellos pasaban de nosotros, nosotros habíamos decidio pasar de ellos. Con cara de “casi arrepentimiento” nos dijo que prometía portarse bien. Le preguntamos que si sólo ella iba a portarse bien o también el resto. No contestó que todos. Volvimos a clase y tardamos cinco minutos en hacer el ejercicio. Dejamos a la co-directora con la boca abierta, ya que era la primera vez que veía algo así.

Por suerte, con el resto de clases la experiencia fue mucho más agradable y satisfactoria. Algunos días, lo pequeños me pedían que no se acabara la clase todavía y que le enseñara más cosas o que siguiéramos jugando a “ahorcado”. De hecho, “ahorcado” es un método muy eficaz para hacerles aprender vocabulario nuevo sin que se den cuenta.

Con los mayores pasó algo parecido. Había bastante niños y niñas con sed de conocimiento que te hacían una y mil preguntas en cuanto había algo en la pizarra que no entendían. Pero lo que más me gustó de este grupo fue el compañerismo. Obviamente, teníamos la barrera del idioma y, aunque Google Traslator era nuestra tabla de salvación a veces no estaba muy fino. Lo bueno es que sólo hacía falta que un niño de la clase entendiera lo que estábamos explicando para que se lo explicara al resto en indonesio y así compartir la información con todos. Era un lujo trabajar así y sobre todo muy eficaz, porque las clases podían avanzar a buen ritmo.

Los sábados era un día singular en el centro, porque era el día de las actividades especiales. Las co-directoras pedían a los voluntarios que organizaran alguna actividad especial con los niños. Podía ser enseñarles a los niños un hobby o simplemente algo nuevo para ellos. Lo bueno es que Fred había viajado con la slackline y parecía la actividad perfecta: sólo necesitábamos dos árboles, un terreno plano y niños 🙂 Durante las clases les explicamos en qué consistía el slackline y les enseñamos vídeos donde otros niños de su edad practicaban esta actividad. Las reacciones fueron muy diversas: caras de incredulidad, niños que nos preguntaban que si podían probar ya, otros muy atrevidos y los que nos decían que no serían capaces de hacerlo.

Unos días antes del sábado dimos una vuelta en los alrededores del centro para buscar el sitio adecuado donde instalar la slackline. Los árboles no podían estar muy alejados porque la cuerda que teníamos era corta. Al final, encontramos el sitio perfecto al lado de la playa y empezamos a montar el chiringuito para ver si los árboles estaban a la distancia correcta. Poco a poco fueron apareciendo niños del pueblo, que nos observaban con cara de “A ver por donde nos salen esta vez los blanquitos estos”. Fred empezó a caminar sobre la slackline y los niños miraban con recelo. Les preguntamos que si querían probrar, pero todos nos decían que no. Al final, hubo una valiente y, a partir de ese momento, fue el caos total. Todos querían subirse a la cuerda al mismo tiempo o intentaban desconcentrar al que estaba arriba asustándole o se sentaban en la cuerda o la hacían vibrar a posta para que el que estaba caminando por ella se cayera, etc, etc. Estábamos tres adultos para una veintena de niños y ¡no dábamos a basto! Una hora estuvimos intentando contenerlos y explicándoles que sólo uno podía estar en la cuerda, pero aquello fue una batalla campal. Tras casi una hora, Felix, Fred y yo estábamos exhaustos, así que decidimo que mejor recoger la slackline y guardarla.

De esta experiencia sacamos nuestras conclusiones y decidimos que había que poner reglas en la actividad del sábado. Por un lado pondríamos un “perímetro de seguridad” para que los niños no se acercaran a la slackline de menos de un metro y, por otro, pondríamos una silla para poder subir a la slackline. Así asociarían la silla a la cuerda y no tendríamos a tres niños intentando subir a la vez.

La experiencia del sábado fue un éxito. Incluso hubo un par de niñas que consiguieron dar unos pasos sin ayuda. Aquí está el vídeo de lo que dio la mañana:

Pero no todo así de interesante en el centro, también había que hacer el trabajo internacional. Para IHF, y para otras ONGs, los voluntarios son una fuente de ingreso y es por eso que hay varias modalidades para ser voluntario. Por un lado, está la fórmula barata (75 USD (57.75EUR) por semana y por persona), en la que se da clases a los niños pero también hay que hacer cuatro horas diarias de trabajo internacional. La segunda opción, que es la fórmula cara (150 USD (115.50EUR) por semana y por persona), sólo se dan clases. En ambos casos el alojamiento y la comida están incluídos.

El trabajo internacional consistía en hacer tareas administrativas para la asociación, todas online. Nosotros formábamos parte de cuatro grupos:

  • OOTT: postear anuncios para conseguir voluntarios y co-directores

  • Universidad: para establecer relaciones bilaterales con las universidades y organizar programas

  • Captación de fondos: su nombre lo indica todo

  • Comunicación: teníamos que escribir una entrada semanal para el blog de IHF y generar contenido multimedia, como por ejemplo vídeos.

La verdad es que estas actividades eran un poco rollo y no daban mucho lugar a utilizar la imaginación, excepto en el departamento de comunicación. El trabajo en OOTT y Universidades consistía en spamear en foros y páginas web con anuncios relacionados con ONGs. Había que publicar de forma constante anuncios para encontrar voluntarios y co-directores, y simplemente era copiar y pegar una plantilla. Fred y yo no estamos muy acostumbrados a trabajar de esta forma, ya que nuestros trabajos nunca han sido mecánicos, si no más bien de pensar, por lo que nos resultaba muy tedioso.

Hablando con Emelie, nos dimos cuenta de que los co-directores tenían que hacer tareas de comprobación muy repetitivas todas las semanas y que podían ser fácilmente automatizadas mediante scripts. Le propusimos implementar scripts para aligerar su carga de trabajo en vez de hacer nuestras tareas rollo. Al principio nos dijo que no podía ser, ya que en IHF eran muy estrictos con el trabajo de los voluntarios, y además no les gustaba hacer excepciones. Le dije que no me importaba, que haría un script para automatizar el envío de emails a los sponsors en los ratos que me quedaran para que viera los resultados.

Al ver cómo funcionaba y el tiempo que se ahorraba, habló con su superior y a duras penas consiguió convencerle para que pudiéramos automatizar los chequeos de varias hojas excel que tenían que revisar a mano cada semana. Lo que antes les tomaba un par de horas de trabajo a la semana, se había convertido en una tarea de cinco minutos, ya que sólo había que apretar un botón. Emelie quedó encantada y Fred y yo nos reíamos porque nos parecía increíble que todavía se pudiera impresionar a alguien con un script. ¡Es lo que tiene estar rodeados de informáticos siempre!

Esto nos lleva a una reflexión sobre la forma de trabajo de IHF. Para entender la forma en que se hacen las cosas en IHF hay que tener en cuenta que la organización basa su trabajo administrativo en voluntarios. Los co-directores cobran muy poco, una media de 70 USD (53.90EUR) al mes, por lo que la rotación de responsables es muy alta. No es sólo que su sueldo sea bajo, si no que cada día tienen que lidiar con muuuuucha mierda, por lo que hay co-directores que dimiten al poco tiempo de estar en el cargo. Este hecho y que en el pasado ha habido personas que han sido deshonestas y han perjudicado mucho la reputación de la organización, ha conseguido que, tanto Carol Sasaki como el director responsable de todos los centros, no se fíen de nadie y sea casi imposible que tomen en cuenta las iniciativas propuestas por los nuevos co-directores. Además, todo el trabajo es chequeado dos veces por personas situadas en distintos centros, por lo que hay tanta redundancia que el tiempo se emplea más en comprobar que los otros han hecho su trabajo en vez de invertirlo en actividades más provechosas. No trato de criticar la forma de trabajar de IHF, ya que me parece muy bien que varias personas controlen ciertos aspectos, como los gastos corrientes y que nadie roba dinero, pero en otros me parece absolutamente ineficaz y sugeriría que repensaran la forma de trabajar. Por ejemplo, nos parecía una pena que desaprovecharan los conocimientos informáticos de Fred y míos sólo porque no están dispuestos a hacer excepciones.

Otra de las reflexiones sobre IHF es que en teoría su forma de funcionamiento parece idílica, pero en la práctica no se adapta al mundo real. La meta principal de Caral Sasaki era que todo el dinero donado se invirtiera en los niños, tratando de gastar lo mínimo en gastos administrativos o en sueldos de empleados del centro. Esto lo ha conseguido gracias al trabajo de los voluntarios, pero hay algo que falla. El problema es que la mayoría de los co-directores están como mucho un año en el cargo y esto hace que sea imposible establecer relaciones duraderas con el entorno. Sin ir más lejos, la cultura balinesa se basa completamente en las relaciones personales y no hay forma de conseguir nada si no estás aceptado e integrado socialmente en ella. Como en el centro de IHF de Bali han desfilado demasiados co-directores, los jefes del pueblo musulmán e hindú ya no quieren hacer el esfuerzo de conocer a otro co-director más. Este hecho dificulta mucho la tarea de los co-directores, ya que no tienen aliados fuertes dentro del pueblo que podrían facilitarle mucho la vida en casi todos los aspectos.

Y bueno, esto es todo. Aquí está mi opinión sobre la expericiencia, así que si alguien se anima, ya sabe…

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One Response to “Voluntariado en Indonesia : International Humanity Foundation”

  1. alebaffa says:

    haha! Bravo Fred !!! :)) Super teacher !!!

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